Nuevo Gobierno: nuevos Liderazgos
No deja de ser paradójico que en los momentos que al país le iba mejor en términos de disponibilidad de recursos financieros, producto de los altos precios internacionales del cobre, se haya dado un escenario político en que la coalición del gobierno anterior entró en una situación crítica afectando la confianza de la gente en el gobierno y en la capacidad que tendría para seguir dando gobernabilidad al país. La pregunta que debemos hacernos es por qué se dio esta situación, cuando todo indicaba que las posibilidades de desarrollar políticas públicas efectivas y financiadas estaban dadas.
La primera reflexión que se viene a la mente es que la crisis no proviene de causas económicas sino que de una débil capacidad de gestión política que nos llevó a la derrota electoral. Sin embargo, ésta es una parte de la explicación que podemos dar, ya que con el mismo tipo de razonamiento debemos preguntarnos qué permitió que los gobiernos anteriores de la Concertación fueran exitosos. Para sustentar este contraste, es necesario identificar en qué se falló.
Es un hecho ampliamente compartido que a pesar de los traspiés iniciales, el gobierno estaba funcionando a la altura de las expectativas de la gente. Así lo reflejan las encuestas en que se ve un progresivo apoyo al gobierno y a la Presidenta Bachelet y una preocupante declinación en el apoyo a la gestión de los partidos integrantes de la coalición gubernamental. Esto tiene como consecuencia la baja en la evaluación que se hace en la sociedad de los partidos políticos y asociado a ello, del Poder Legislativo, así como del Poder Judicial. Lo anterior se enmarca en una permanente caída en la evaluación de los ciudadanos, de las bondades del sistema democrático.
Los pensadores de la Antigüedad Clásica identificaron claramente el papel que la política jugaba en el desarrollo de las sociedades. Éste estaba vinculado a la generación de bienestar colectivo, sin que se percibiera una contradicción entre este tipo de bienestar y el privado. Por el contrario, el bienestar colectivo era condición necesaria para el bienestar privado. En otros términos, la política como actividad nació como una manera de generar una convivencia humana fundada en el respeto por cada uno de los integrantes de la sociedad y en la idea de que el bien común o bienestar colectivo era el único objetivo que la política podía perseguir. Para aquellos regímenes que no actuaban políticamente, el pensamiento clásico los diferenció con otros términos y los calificó como formas degradadas de gobernabilidad. Los llamó tiranías o despotismos, cuando quien los encabezaba era una persona y oligarquías, cuando la cabeza estaba a cargo de un grupo. Su rasgo común es que el gobierno de una comunidad se ha convertido en un negocio para él o los gobernantes. Ambos conceptos siguen plenamente vigentes en la actualidad.
Por su función, la política era percibida como una actividad honorable y de servicio público. Esta percepción existió en el país en un alto grado hasta el golpe militar y durante la dictadura la política fue vista como el ámbito desde el cual Chile recuperaría la democracia. Esto se manifestó con fuerza en la participación que tuvieron los jóvenes en el plebiscito y en la primera elección democrática de presidente de la república, la que se extendió a la elección del segundo presidente democrático. Lo anterior puede explicarse porque una mayoría sustancial de ciudadanos creía fuertemente en la democracia.
Hoy la situación es muy diferente, ya que la confianza en la democracia se ha minado, como también ha ido adquiriendo fuerza una visión descalificadora de la política y los políticos, arrastrando por ende a los partidos en ella, la que se expresa con mayor fuerza precisamente en las generaciones jóvenes, es decir, en quienes tienen en sus manos el futuro del país. Causa extrañeza que, más allá de la preocupación manifestada por este hecho en algunos miembros de la élite política nacional, el fenómeno no sea percibido como un problema serio por la mayoría de ésta, dado que este fenómeno debería generar un cambio profundo en el rol que dicha élite está hoy desempeñando. En efecto, los bajísimos niveles de confianza en los partidos y el Parlamento que detectan las encuestas, expresan un rechazo a lo que hacen los políticos con sus cargos y, además, al estilo que utilizan en el desempeño de su función.
Si lo anterior se observa desde la perspectiva de los jóvenes, y teniendo presente lo recientemente dicho sobre su proyección temporal hacia el futuro, quiere decir entonces que la élite política nacional está desempeñando un rol ajeno al futuro de la nación, lo que se explica por carecer de un proyecto de país, es decir, de una propuesta que trascienda los estrechos horizontes temporales de sus intereses particulares –entendiendo por tales los proyectos políticos personales o partidarios- y de los grupos que les proporcionan el apoyo requerido para seguir en la expectante posición de élite. La Concertación le planteó al país un proyecto nacional que le permitió ganar dos elecciones presidenciales (Aylwin y Frei) con el apoyo de sus propias fuerzas políticas, sin necesidad de recurrir al apoyo de fuerzas políticas extraconcertacionistas. Sin embargo, este proyecto de país se fue desactualizando por diferentes razones, a tal extremo que los siguientes triunfos presidenciales fueron posibles gracias a la contribución de fuerzas no concertacionistas que siendo adversarios de la misma, optaron por apoyar a la coalición como el mal menor, frente a la derecha.
El sistema electoral binominal es un factor contribuyente a la situación descrita, por cuanto ha permitido la existencia de un sistema político que permite a uno de sus actores más relevantes, la elite dirigente, poder actuar con una gran autonomía con respecto a los ciudadanos, quienes se han convertido en meros ratificadores de decisiones que adoptan dichas cúpulas en relación con la nominación de los candidatos a integrantes de órganos de elección popular. Con ello, un elegido puede perpetuarse en su cargo, ya que los ciudadanos no tienen alternativas útiles, esto es, que sean expresión del cambio de sus expectativas y preferencias. En tales circunstancias, el resultado tiene como efecto la oligarquización de una parte importante de la elite dirigente en todas las corrientes de opinión, progresistas o conservadoras, que en su condición de tal privilegia intereses particulares y corporativos por sobre el interés público, como lo señalábamos recientemente. En otros términos, el sistema binominal es un factor que promueve la corrupción, ya que eso define a una situación oligárquica.
Lo anteriormente expuesto puede explicar la presencia de una cierta aversión al riesgo que aparece en gran parte de los círculos gobernantes del régimen pasado y entre parte significativa de los dirigentes partidarios. Un ejemplo paradigmático de esto es que desde la aparición reciente y contestataria de MEO en el escenario político nacional, la incertidumbre se posiciona en el liderazgo que se pretendía ejercer, pues sus planteamientos son percibidos como una amenaza.
La situación descrita creó un inmovilismo en el Gobierno y en las cúpulas dirigentes de los partidos concertacionistas. Esto se tradujo en una falta de liderazgo para enfrentar los grandes problemas y desafíos que el país debía encarar. Ante temas tan importantes para el futuro del país, como son la educación, redistribución del ingreso y los consecuentes impuestos a los mas ricos, la energía, el cambio climático y sus graves consecuencias, la salud pública, el desarrollo del país, la entrada en la sociedad del conocimiento, la globalización, la desigualdad, los graves problemas éticos, etc., se percibe una indolencia en parte de los sectores dirigentes para enfrentarlos, lo que ha llevado a muchos a ver en esa actitud un acto de irresponsabilidad, negligencia, incompetencia o simplemente falta de inteligencia.
En este escenario, se escuchan voces dentro de los partidos concertacionistas que dan por perdido el próximo Gobierno y por lo tanto apuntan a lo que ellos llaman “atrincherarse” en cargos de elección popular y con ello sobrevivir la crisis de los partidos que no contarán, por lo menos durante cuatro años, con el respaldo que da la administración del aparato estatal. Atrincherarse es también una forma de inmovilismo y de desgaste, porque todo queda reducido a la ingeniería electoral para quedar posesionado con la mayor cantidad de cupos elegibles posibles. Por lo anteriormente expuesto es posible concluir que no importaba el candidato que encabezara la coalición gobernante: Piñera ganaría si o si. En todo caso, esta derecha tenia a su favor que gracias a los errores nuestros, sectores que apoyaban a la Concertación trabajaron para que ganara el candidato de la derecha. Por lo tanto, las barreras que separaban a la centroizquierda de la derecha se corrieran a favor de esta última
El desconcierto tras la derrota electoral ha creado una cierta forma de desgobierno en lo que es hoy la oposición y se expresa en la falta de liderazgo a todos los niveles, lo que ha permitido a la derecha aprovecharse de este vacío y tratar de llenarlo con meras promesas de solución, que no permiten una evaluación seria, ya que carecen de contenido. No obstante, han logrado mellar el prestigio de la “nuevas” cúpulas de la coalición concertacionista de tal forma que aparece peor evaluada que los partidos de derecha.
Ante este panorama, los dirigentes concertacionistas no han asumido una postura que obligue al gobierno a dar cuenta de las medidas y políticas que permitirían encarar los temas señalados, salvo en algunas de las materias puntuales vinculadas al terremoto.
En el escenario recién descrito, cabe preguntarse qué camino se debe seguir para enfrentar la delicada situación de desgaste y desesperanza, no solo de los militantes concertacionistas, sino también de las bases de apoyo que ésta tiene y cuya tendencia ha sido de pasividad. Debe señalarse que muchos han sido hasta hace poco fuerzas dinámicas de la Concertación. La pregunta sobre qué debemos hacer es la relativa a las razones que motivaban a estos sectores a participar. Una respuesta es que el llamado original de la Concertación a la sociedad chilena fue por la liberación del país de una oprobiosa y cruel dictadura: Esta fue una tarea épica. Habiendo concluida esta tarea, ¿qué otras tareas épicas quedan? Muchos creen que lo épico es lo grandioso y especial, propio de héroes o seres superiores. Sin embargo, de lo que se trata es de un esfuerzo colectivo al alcance de la gente común. No se refiere a logros excepcionales, sino por el contrario ellos están al alcance de todos, pero son masivos e incluyentes de toda la sociedad que los adopta.
Muchos dirigentes concertacionistas ven los problemas que afectan a la coalición como generados en la pérdida de mística y del afecto societal. Sin embargo, este diagnóstico es incompleto y en muchos sentidos simplista. La mística está relacionada con tareas concretas, pero que son portadoras de cambios efectivos en la calidad de vida de la gente, que les permite acceder a un nivel de vida cualitativamente superior. Por eso fue tan demoledora para la Concertación la experiencia del Transantiago, porque se trató de una promesa en la cual la gente vio un cambio sustancial en su calidad de vida. Otro punto a recalcar es que fue una promesa violada de manera cruel, lo que necesariamente tiene efectos en la evaluación negativa de los políticos, ya que lo afectado fue la confianza pública. A esto se suma que el maltrato involucrado en el Transantiago es cotidiano.
El futuro liderazgo de la Concertación debe ser capaz de emprender las tareas épicas que los ciudadanos esperan y de recuperar la confianza perdida. Los partidos políticos atraviesan hoy por una situación de crisis tal, que les impide acompañar efectivamente a los liderazgos políticos que han surgido o puedan emerger para ese objetivo. Por lo tanto, el liderazgo que aparezca debe ser transversal a los partidos existentes e ir más allá de la Concertación. En otras palabras, debe ser un liderazgo inclusivo con un poder de convocatoria nacional, superior al que se tiene en la actualidad. Para alcanzar esta finalidad, el liderazgo que pretenda dirigir el país debe ser necesariamente contestatario, es decir, rompedor del status quo hoy existente. Pero no bastará solo con la enunciación de los problemas, sino que se requerirá un compromiso férreo con metas que impliquen logros medibles y efectivos.
Con la actual concertación no ganaremos ninguna elección. Yo creo que la Concertación ya cumplió una etapa. Digamos que para llevar a cabo sus promesas incumplidas basta con lo que está haciendo Piñera.
Si queremos ser serios en el análisis, tenemos que considerar que la sociedad chilena tiene problemas de fondo que ni este gobierno ni esta oposición ni el sistema político podrán resolver. Se necesitan nuevas fuerzas, nuevas constelaciones y nuevas caras (no necesariamente viejas y viejos chicos, que son más de lo mismo).
¿Pero que pasa con el actual gobierno? Todos los temas mencionados, más las secuelas del seísmo del 27 de Febrero requieren respuestas de gran envergadura, en otras palabras épicas y sistémicas, que necesitan la movilización de la mayoría del país, pues sus eventuales soluciones son eminentemente colectivas o de masas y adoptadas desde un enfoque sistémico, que exigen procesos de compromiso de una complejidad hasta ahora no reconocida por la dirigencia del país. Como son problemas multidimensionales, el único espacio que puede dar cuenta de esta característica es la política, y es precisamente esta dimensión la que ha ido perdiendo terreno y preeminencia, posicionándose en el Gobierno del Presidente Piñera una visión tecnocrática aún más profunda que el régimen anterior, con lo que se acentúa “la visión de túnel” inherente a los factores que considera, por su propia naturaleza, especializada.
Las normas de buen gobierno que tanto se habló y el respeto por los cargos elegidos por La Alta Dirección Pública se fueron al tacho de la basura democrática por necesidad del “equilibrio funcionario” de la coalición gobernante.
El problema de liderazgo de los ministros y altos cargos públicos surge como un elemento decisivo en momentos de crisis Este problema puede explicarse por el tipo de desafíos que está enfrentando el país, los que obligan a un tipo de liderazgo potente que esté a la altura de las exigencias que su solución requiere. En un régimen de tradición política presidencialista, el asunto es determinante porque las exigencias de liderazgo recaen en el Presidente de la República de forma casi exclusiva. Esta debilidad de los equipos ministeriales repercute necesaria y negativamente en las fuerzas políticas que lo acompañan, más allá de los problemas internos que éstas sufran.
Dentro de las habilidades que se presentaron como las más destacables y que han sido puestas de relevancia por el candidato Piñera, son las vinculadas a la gestión. Hasta ahora aparece él como el único que las poseería, debido a su exitosa trayectoria empresarial. Pero al resto de su equipo parece que el paso de la empresa privada al Gobierno les produjo olvido organizacional. Esto es grave, por cuanto la capacidad de gestión era uno de los temas emblemáticos en la campaña y que hoy es vista como una capacidad cada vez más valorada por la sociedad, mas hoy por los problemas vinculados al terremoto.
Otro elemento a considerar es que el Gobierno necesita que no se repita con ellos el papel obstruccionista que la derecha asumió con la Presidenta Bachelet, el cual se aparta de toda concepción y praxis democráticas. La tesis del desalojo la están aplicando con el estilo oligárquico-latifundista de las cúpulas políticas de la derecha en el gobierno
El peligro que enfrenta el Presidente Piñera es que la tendencia de sectores de su gobierno a ejercer una gestión sectaria y excluyente se profundice y se transforme en una trampa fatal para la convivencia nacional. Ayudar a disminuir el clima de confrontación que se está dando entre las fuerzas políticas Gobierno-oposición es perentorio y una obligación del Presidente, pues evitaría la posibilidad de que las condiciones para ello se siguieran reproduciendo.
La Concertación por su parte tiene que combinar las posiciones que asuma en apoyo a las leyes del gobierno por el terremoto con los intereses progresistas permanentes que representa. En efecto, apoyo a la reconstrucción y simultáneamente ruptura con el sistema de inequidades actualmente imperante.
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